dimarts, 5 de juliol de 2016

La tentación del discípulo de Jesús (Domingo 13)

Increíble el gesto del profeta Eliseo. Originariamente un guajiro, que araba la tierra con su yunta de bueyes cuando el gran Elías le tiró su manto. Con ello le invitaba a ser su discípulo, todo un privilegio. No sabemos si los bueyes eran suyos, o de la comunidad, o eran una cesión del rey, el caso es que el guajiro Eliseo los asó y organizó un almuerzo espectacular. Después se marchó tras Elías, dejándolo todo. Lo repetimos, es increíble el gesto del futuro profeta, que podía haber regalado la yunta de bueyes a su familia, o a la comunidad guajira, o podía haber degollado a los bueyes y vender su carne convertida en carísimos y excelentes filetes. Con el dinero podría haber ayudado a su familia, o a sus compañeros guajiros, o comprarle un manto nuevo a Elías y otro para él. Pero no, el hace fuego con los aperos y se comen los bueyes asados.

Para Eliseo no hay vuelta atrás. Acompaña Elías con las manos y los bolsillos vacíos, sin ninguna seguridad, a la buena de Dios; libremente, como indicaba San Pablo en la segunda lectura: sin dependencias con el pasado, sin esclavitudes ni condicionantes presentes, guiados por los deseos del Espíritu y no por los deseos de la carne que solo buscan comodidad, seguridad, poder. Por este motivo Jesús advierte a los que quieren seguirle que "el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza"; que anunciar el Reino de Dios implica poner barreras a los lazos familiares; que seguirle mirando hacia atrás ―guardándose las espaldas― es incompatible con el Reino de Dios.

Pero antes Jesús ha regañado a Santiago y Juan, que enojados, quieren clamar al cielo para que un fuego divino consuma a los samaritanos que no reciben a su maestro como merecería. Jesús regaña a los dos apóstoles con razón, porque ellos quieren que su maestro sea aclamado y vitoreado como siempre hacemos con nuestros líderes; pero sobre todo los amonesta porque quieren convertir su discipulado en un estatus de poder, en un privilegio personal, aprovechándose de seguir a Jesús.

Este es el gran pecado que afecta a los que consagramos la vida al servicio de Dios en la Iglesia, ya sea a través del ministerios sacerdotal o de la vida religiosa. El papa Francisco lo pone a menudo en evidencia.  Es innegable que la consagración religiosa y sacerdotal provoca un reconocimiento externo, pero ello tiene que ir acompañado de honestidad y libertad interna, que como subrayaba san Pablo tiene que utilizarse "para ser esclavos unos de otros por amor", no para mordernos  y devorarnos los unos a los otros a la caza de cotas de poder o de privilegios para nosotros, nuestro grupo eclesial o nuestros familiares.

Por esto Jesús remarca a los que quieren seguirle que la inseguridad, el desprendimiento integral y la firmeza interior han de caracterizar a un discípulo, no la búsqueda de seguridades, ni los desprendimientos parciales y interesados que nos catapultaran posteriormente a una inmensidad de beneficios. Esta es, insistimos, la gran tentación del discípulo de Jesús, pero también la gran tentación de cualquier religión, pensamiento social o filosófico, o ideología política, que por muy altas que sean sus miras los egoísmos humanos las ponen constantemente en evidencia. Al menos nosotros, gente de Iglesia, tengamos la honestidad de reconocer este pecado y la valentía de confesarlo, y no echar las culpas a los pecados o indisciplinas de los demás.